
Por Martín Pérez Peñata
Siempre me pregunté por qué me
gustan tanto las historias o, como las llamamos donde yo vengo, los cuentos.
Con el tiempo entendí que la respuesta era más sencilla y lógica de lo que
imaginaba: mi familia y el lugar del que vengo. En ese espacio, que considero
lleno de la sabrosura, se gestó mi amor por echar cuento.
A diferencia de muchos de mis
primos, yo no solo pasé por mi familia, sino que mi familia pasó por mí. Ha
sido una relación de doble vía que continúa hasta hoy. De la misma manera, el
territorio donde nací —ese pedazo de tierra en el que parece que Dios cultivó
con bondad la cultura oral y escrita— ha marcado profundamente lo que soy. De
allí provienen mis formas de hablar, de escribir y de contar.
El pensador español Jorge Larrosa
afirma que la lengua es todo lo que somos y que de ella surge el amplio
espectro de la comunicación: lo que hablamos, lo que escribimos e incluso cómo
nos expresamos con el cuerpo. Esta idea cobra sentido cuando entendemos que
cada región, según sus características geográficas y humanas, construye y
clasifica sus propios conceptos, ya sean orales, escritos o gestuales. Al nacer
en un lugar determinado, adoptamos inevitablemente su cultura, y el lenguaje es
una de las herencias más poderosas que esta nos lega: modismos, locuciones,
comparaciones exageradas, metáforas vivas y anécdotas que viajan de boca en
boca, como antiguamente lo hacían los juglares de vereda en vereda.
En mi caso, muchas de esas
historias nacieron en escenas cotidianas: las tertulias familiares bajo un palo
de mango, con un pocillo de café en la mano, echando cuento hasta que los
mosquitos nos obligaban a recogernos. Esa dinámica sencilla pero constante
despertó en mí una fascinación profunda por escuchar y luego replicar los
relatos compartidos en familia. Son, en esencia, las mismas historias que se
reinventan cada vez que se cuentan.
También están las canciones que
acompañaron mi crecimiento, narraciones cantadas sobre amantes inocentes,
hombres consumidos por amores imposibles, mujeres que venden su cuerpo al mejor
postor, pasiones turbulentas, amores a la tierra, declaraciones atrevidas y
guerras cuyo trasfondo solo conocen mis tíos y primos mayores de cuarenta años,
esos que no aceptan que en el pikó suene algo que no sea vallenato. Las
voces de Diomedes Díaz, Jorge Oñate, Alejo Durán, Otto Serge y Rafael Escalona
sonaban y sazonaban el sancocho dominical o en cualquier reunión familiar, y
siempre había alguien que sabía la historia detrás de la historia de cada
canción.
Entendí también que la escritura
se alimenta, sobre todo, de la experiencia. Mis textos han sido impulsados
tanto por mis alegrías como por mis tristezas; por mis ascensos y caídas; por
mis idas y venidas; mis
hazañas y fracasos; por los amores furtivos y, especialmente, por esas
penas que el corazón orgulloso se resiste a convertir en palabras.
En medio de todo esto, no podían
faltar los dichos de la jerigonza costeña. Expresiones que, cuando alguien
ajeno a mi cultura las escucha, se queda como gallina criando pato; más perdido
que la mamá del chavo; más enreda’o que pita en pata e pollo o cualquiera de las variantes habidas y por haber
susceptibles de ser relacionada con un “No entiendo nada”.
Asimismo, en una cultura tan
atravesada por el lenguaje, surgen palabras y expresiones que carecen de glamur
o urbanidad, tanto en la familia como en el barrio. Con el tiempo comprendí que
no es lo mismo decir “No me interesa” que afinar el aparato fonador para soltar
una frase tan propia de la inventiva costeña como: “Me importa un choriperro”.
Aunque, conceptualmente, ambas expresiones indican apatía o desinterés, la
segunda posee una fuerza particular. Parece decir mucho más. Es la fórmula
elegida por el pueblo para exagerar, con ingenio, sus cantidades industriales
de desinterés.

