
Por Martín E. Pérez Peñata
Dios es un gran matemático, es un gran ingeniero, es un maravilloso biólogo, pero, sobre todo, es un gran artista. Porque el mismo Dios que creó los cielos y la tierra, los mares y las fuentes, el mismo Dios que pintó de colores el cielo y lo llenó de aves de mil formas, es el mismo Dios que te pintó la sonrisa en los labios. El mismo Dios creador de cada una de las flores del campo, de sus aromas y de sus delicados pétalos, fue quien puso sobre ti cada uno de tus cabellos, todos bien puestos, todos muy bien cuidados, meticulosamente, con precisión de relojero. El mismo Dios que le dio vida a todo lo que respira fue el que encendió ese mismo fervor en tu corazón.
Fue el mismo creador del sol el que —al formarte en el vientre de tu madre—puso una réplica exacta en tu rostro, haciendo que, cuando te acerques, ilumines todo al paso. ¡Ay, qué gran pintor! ¡Ay, qué gran artista el que te pintó con una precisión milimétrica! Cada mañana, agradezco a ese pintor, le agradezco a ese artista por hacerme testigo de su gran obra. ¡Ay, qué bendito! Obra selecta eres de ese gran artista. Obra maestra eres de ese pintor que en cada parte de su obra está escrito «Yo tuve un creador y es un maravilloso artista».
El Dios de los milagros, el Dios de lo imposible fue quien te creó. Y yo digo que algo de tu creador hay en ti. No sé si es tu sonrisa, no lo sé. O tu ojos esquivos, tampoco lo sé. Bendito sea Dios que me dio la vista para poder ver el fulgor de tu sonrisa. Bendito sea Dios que me dio el olfato para poder oler el dulce aroma de tu perfume. Bendito sea Dios que me permitió escuchar la dulce melodía arrulladora de tu voz. Bendito sea Dios que me dio dos brazos para alcanzarte y apretarte con mi pecho.


