
Por Martín E. Pérez Peñata
Cae la tarde y me contento con el sol dorado, tierno y afable. Salgo de mi casa por entre debajo de los árboles que me colman de vida, de oxígeno y oigo una banda de aves de mil formas que cantan al unísono sus melifluas melodías.
En cuanto hago todo eso, se ve en el horizonte un firmamento colorido, y después de una lluvia continua, el arrebol deja ver los colores cálidos proyectados en las nubes pasajeras, efímeras. Caminando por estos caminos viejos, amarillos, casi olvidados, llegan a mí recuerdos que vale la pena recordar, experiencias que valió la pena vivir, sensaciones que valió la pena sentir; me sonrío en ese momento de introspección mientras veo a Enay, la matrona de este pueblo. Levanto mi mano en un ademán de saludo, ella lo replica y me reafirmo lo que ya sé: «En esta tierra grata, espaciosa y fecunda nunca seré forastero».


