Ámely

Ámely

Esta historia está basada en el resultado de una etnografía feminista llevada a cabo en la comunidad educativa El Tigre Villa Clareth

 

 

Ilustraciones: Lina Montes, Egresada de la I.E. El Tigre Villa Clareth

 

 

Dedicado a todas las mujeres de mi comunidad

 

 

Por Aura Miguel Díaz Cordero

 

 

Memorias y pensamientos

Cuando son las cinco de la tarde me gusta salir a la carretera principal. Yo creo que me parece más atractiva la vista de la vía al mar. Si tengo que ser sincera, para la gente de este pueblo eso no tiene nada extraordinario; para mí esa vista representa mi libertad. Llevo muchos años esperándola, sé que pronto llegará. Allá está el mar y después del mar sigue eso que parece infinito, eso que no conozco, pues, aunque tengo los ojos grandes, mis ojos no me alcanzan.

 

 Siempre que estoy en la carretera me imagino montada en ese barco pequeño, algo como un yate. Mi mente alcanza a imaginar que voy allí hacia ese infinito y que el mundo que me espera del otro lado me ofrece muchas oportunidades. Como que un día podré estar en un café, como los que muestran en las películas de la televisión, leyendo un periódico, tal vez sola o tal vez con alguien; eso no lo decido aún. 

 

¿Será que mi libertad se parece a la mujer de la estatua de una ciudad grande que se llama Nueva York? Una mujer bastante grande que mira hacia el horizonte, yo quiero mirar hacia los vestigios de la libertad. Supongo que también puedo hacerlo, no me debo rendir; tengo catorce años, ya pronto terminaré mi secundaria, no tengo claro aún cómo lo voy a lograr, pero sí tengo claro lo que quiero y lo que ya no quiero; ya pensaré en cómo. Definitivamente creo que mi libertad se parecerá a ella. Así que permitiré que me inspire. 

 

No es que la vista a la ciudad me parezca mala, pero todos vienen de allá y veo muchas cosas que no cambian en esta vereda. Quizá suene tonto, pero yo apostaría por virar hacia lo desconocido, hacia lo poco explorado, hacia lo que está por conquistar. Nosotras las mujeres, por ejemplo, debemos seguir intentándolo. Algunas veces lo expreso y a mi madre no le gusta; me dice que parezco loca. Mis amigas no me prestan mucha atención; bueno no importa. Ahora que recuerdo, ya falta poco para las cinco, así que me asomaré como muchas veces a la carretera; ese momento me permite emanciparme, mis temores se van y mi voluntad llega y se hace más grande.  

 

Estoy consternada con el pensamiento que tiene Franco. Hoy en el colegio nos preguntaron acerca de nuestros gustos y preferencias. Él dijo algo, con lo cual no estoy de acuerdo: “Los hombres debemos aprender francés, es un idioma que nos queda bien porque nos hace ver como personas elegantes y los hombres somos elegantes. Las mujeres deben aprender otros idiomas diferentes al francés porque este no va tanto con ellas. A ellas les va mejor el inglés, porque las palabras suenan más suaves y delicadas, además las profes de inglés siempre son mujeres, es que definitivamente a los hombres no les luce eso del inglés”. 

 

Me inquieta lo que él piensa: ¿por qué clasificar los idiomas dependiendo si somos hombre o mujer? ¡En mi sentir, hacerlo podría ser absurdo! Dentro de sus argumentos prevalece el hecho de que el francés tiene un aire fino, pero a la vez varonil. Yo la verdad, preferí guardar silencio. No conforme con eso, mis compañeras mujeres decidieron apoyar su discurso y estoy muy segura que lo hacen porque ellas tienen miedo a ser rechazadas o a ser juzgadas por los hombres del salón. Eso me hace ruido; también me entristece. 

 

Tengo la sensación de que los hombres de mi salón saben que sus argumentos sobre los idiomas son errados. No obstante, ellos tienen como un ego, algo parecido a eso que se llama “el superhombre”, eso los hace pensar que los machos son rudos y que por cumplir ante esa rudeza no pueden dar el brazo a torcer. A decir verdad, pienso que mientras ellos no quieran dejar de lado ese macho alfa, sus opiniones sobre lo que supuestamente les queda bien a las mujeres, seguirá siendo la misma. Ellos saben muy bien que las mujeres no son solo de lavar, cocinar y planchar.

 

Supongo que las mujeres sienten lo mismo y que el poco apoyo que reciben de sus amigas y amigos también les hace sentir miedo. Yo creo que tienen miedo a ser rechazadas, tal vez porque en el fondo lo que queremos los seres humanos es ser amados y la aceptación es una manifestación del amor; entonces el rechazo se traduce en el opuesto del amor.

 

Pienso que el asunto no es si te queda bien o no, puesto que en internet ya lo pueden ver, pero su misma hombría los hace entrar en pensamientos casi que tercos y necios. Creo que también otro asunto es que aún no soportan la burla de los otros. Para mí, en el fondo eso se llama miedo; el miedo paraliza pues te hace actuar, muchas veces, en contra de tus principios, para complacer a los otros o para no ser castigado por las personas. 

 

Algunas veces a mi escuela vienen personas que son de la ciudad; llegan a brindar charlas de temas relacionados con la sexualidad de nosotras las adolescentes y también de los hombres. Hablar de ese tema en voz alta, aún sigue siendo complicado, porque cuando nosotras hablamos de nuestro cuerpo en el salón o en el patio del colegio, pareciera que satanizan el tema y que nos juzgaran como si las mujeres no pudiéramos hablar o no tuviéramos derecho a opinar, además no me gusta esa sensación de las miradas y comentarios de la gente hacia nosotras, como si fuésemos indecentes. Conocer y hablar de nuestro cuerpo es mostrarnos como coquetonas y vulgares. 

Tal vez, esa sea la razón por la que muchas jovencitas de esta comunidad desconocen de estos temas, es que mencionarlos pasa a ser un problema, para la gente de este pueblo, hablar de sexualidad y del cuerpo es como perder el pudor y eso es caer en la indecencia y en la inmoralidad. Entonces: ¿dónde termina la educación y donde inicia la vulgaridad? ¿Acaso conocer mi cuerpo es convertirme en alguien inmoral? A todas estas, puedo entender un poco por qué las mujeres de este pueblo no se sienten nada cómodas al hablar de ellas, se hace más fácil vivir detrás de la sombra de los hombres, porque ser mujer no solo es aceptar el asunto de lo que, sí nos queda bien, sino también vivir bajo y tras la piel de los hombres, aunque eso definitivamente no se sienta bien. 

 

Los colores de las mujeres

Hoy me desperté como de costumbre cuando el reloj marcaba un poco más de las tres (3) de la madrugada. Mis amigas dicen que esta es la mejor hora para seguir durmiendo y puede que sea así. La verdad es algo que no distingo, ni recuerdo, porque hace mucho tiempo que no despierto tarde; más o menos desde que murió mi padre, así que no puedo permitirme eso. Debo ayudarle a mi madre Teresa a poner el agua para el café en la hornilla, un fogón que hacemos en el patio con piedras grandes, al cual le echamos gas y fósforo para que pueda encender. 

 

Me gusta sentarme al lado del fuego porque me calienta y en medio que emerge el calor, puedo imaginar los escenarios en los que estaré o a los que quiero llegar cuando sea profesional. A veces pienso que seré cantante, pero otras veces creo que algún día podré dedicarme a lo que más me gusta hacer: poder escribir libros para contarle historias al mundo. 

 

Contados unos veinte minutos, después que pongo la leña al fuego, esta empieza a quemarse y se forma algo que se llama brasas. Las brasas vienen a ser ese medidor que me habla, me dicen que debo levantarme y empezar a andar. Luego de tomar un poco de café ayudo a mi madre a ponerle la angarilla al burro para poder ir a buscar agua. 

 

Mi mamá tiene que ir a buscar agua todos los días antes del amanecer porque nuestro pueblo carece de agua y a ella le pagan los vecinos por cada viaje que hace con varios tanques llenos; con esa plata yo puedo tener para mi merienda y comprar cosas que necesite para el colegio o algo de ropa y zapatos. La represa de donde mi madre trae el agua está a unos cinco kilómetros de nuestro caserío. Ella tiene que hacerlo a esta hora de la madrugada para volver a la salida del sol, pues luego tiene que irse a la Finca La Marquesa porque allá trabaja hasta la tarde en la cocina. Las mujeres en este pueblo, en su mayoría no trabajan, supuestamente, y digo supuestamente porque se dedican a los oficios de casa.  Pero mi madre debe hacerlo porque mi padre ya no está en este mundo. 

 

Mientras mi madre se va a buscar el agua yo me quedo preparando nuestro desayuno, el almuerzo y organizando un poco la casa. Si es cuestión de hablar, sé cocinar, pero no me gusta tanto hacerlo; no me parece indigno, pero no es a lo que me quiero dedicar. Debo ayudarle a mi madre, pues no tiene quien más le ayude, porque quiero terminar mi secundaria y, si es posible, ahorrar algo para poder irme a la ciudad y poder entrar a la universidad. Yo no quiero repetir la misma historia de mi mamá. Sé que ella se siente bien debido a que sabe que, gracias a su esfuerzo, yo estoy yendo a la escuela, pero tengo la sensación de que ella no es del todo feliz, que algo le falta. 

 

Mi padre Fausto murió a causa de un infarto cuando yo tenía cuatro años, tengo algunas fotos de él, pero mis ojos también tomaron muchas y por eso prevalece intacto en mi memoria. Desde entonces, la casa ha estado habitada solo por mi madre y por mí. Me impacta  y cuestiona ver que desde que murió Fausto, mi padre, Teresa siempre viste de colores opacos y oscuros. En lo personal me gustan los colores oscuros, pero a mi madre no. Sin embargo, ella lo hace porque su familia le dice que debe seguir guardando luto a su esposo, o sea a mi padre. De acuerdo con las ideas de mis abuelos, quienes viven a varios kilómetros del pueblo, pero que siempre saben todo lo que hacemos nosotras por los vecinos vigilantes que tenemos; las mujeres deben vestir de modo sobrio, recatadas, con colores pasteles y suaves y mucho más si han enviudado. Entonces las mujeres también tenemos colores que nos representan. Otra cosa graciosa es que a mi mamá no le gusta cuando le digo Teresa y menos si estoy en presencia de mi abuelo, porque pensarla a ella como otra y no como mamá, es una falta de respeto.

 

Las personas adultas del pueblo dicen que las niñas deben vestir con vestidos con cortes en la cintura y largos, en lo posible que no sean “mostrones”, porque esto nos haría ver como mujeres indecentes. También piensan que las faldas y las blusas nos quedan bien a nosotras las mujeres. Si una de nosotras se pone algo corto, short y con colores vibrantes o rotos no somos bien vistas. Recuerdo que un domingo fui a visitar a mi abuela Esmeralda, la mamá de mi madre, me gané un regaño. Me dijo que cómo se me ocurría ponerme esa gorra con ese suéter ancho, que parecía machorra. “Machorra” es una mujer cuya apariencia y forma de actuar se asemeja más a la de un hombre que a la de una mujer. A raíz del comentario de mi abuela, ese día regresé temprano a casa y las veces que he seguido yendo lo he hecho más que todo por ir a buscar cosas que Teresa necesita o llevarle cosas que Teresa le envía. Considero que no tiene sentido visitarla si me va a sermonear por la forma como me visto. 

 

En este pueblo, las mujeres tenemos papeles, como si fuésemos producto de los guiones de esas telenovelas que presentan en la televisión. Hay cosas que nos condicionan a hacer y una de esas cosas, es la forma de vestir y los colores que debemos usar. Yo me pregunto por qué las personas, sobre todo las mujeres de esta comunidad se han adaptado y aceptan ese guion; se supone que, según las leyes, las mujeres podemos gozar de nuestra libre personalidad. Si ya está escrito, por qué no nos desprendemos de los viejos prejuicios. Pero la verdad, aunque mis abuelos quieren imponer el cómo debo vestirme y muchas veces lo hago para no generar conflictos familiares, no acepto los colores de las mujeres. 

 

Los años de controversia

¿Qué me debo poner para el quinceañero? Por mi mente ha retumbado en esta tarde esta pregunta, pues hoy en la madrugada mientras tomaba el café con mi madre, en ese espacio en el que hacemos reflexión en las madrugadas, frente a nuestro fogón; Teresa se mostró preocupada porque recordó que el próximo sábado es el quinceañero de Mariana y dijo con voz angustiada:

 

 —¡Y ahora qué te vas a poner!

 

—Tranquila mamá —le respondí— también podría pensar en no ir. 

 

A raíz de mi solución creo que su preocupación aumentó. Así que estoy contemplando la opción de asistir para dar tranquilidad a mi madre.

 

El día que cumple Mariana en realidad es el jueves, pero por el asunto de la celebración tradicional del cumpleaños número quince en las jóvenes de este pueblo, siempre la celebración se establece para un día sábado. Yo me encuentro próxima a cumplir años  y para mí este cumpleaños es tan importante como cualquier otro. No obstante, para mis compañeras de la escuela, a diferencia de los otros aniversarios, cumplir quince es como hacer realidad un sueño y también para sus madres. Digamos que para los hombres tiene otro significado. 

 

Para mis compañeras de curso cumplir quince años significa hacernos mujeres. He escuchado que, a diferencia de los hombres, las mujeres podemos comprender el mundo, brindar afecto y tomar responsabilidades a más temprana edad que los hombres. Para mí, este argumento carece de sentido, porque he conocido en el colegio y también aquí en el pueblo, a hombres que tienen inteligencia emocional y un proyecto de vida a pesar de su corta edad. Además, los chicos aquí en el pueblo ganan dinero, pues a ellos si les dan ese permiso en sus casas, o sea que aprenden a administrar desde temprano. Así que considero que la madurez no tiene mucho que ver con el hecho de si eres hombre o mujer, más bien es un asunto de carácter. 

 

Hay situaciones que suceden en este pueblo con las que no encajo; creo que puede sonar altisonante afirmar que los demás están equivocados, pero la verdad no estoy de acuerdo con la actitud que tienen los padres de mis compañeras y los compañeros de clase. El cumpleaños número quince de sus hijas lo toman como un asunto folclórico, pareciese como si la celebración fuera de ellos. Primero que todo, no se ponen al tanto de los preparativos de la fiesta; más bien las mujeres tienen que ocuparse de ellos ese día más que nunca.  Desde que inicia el día de la celebración, los hombres se dirigen a la plaza del pueblo o algunas veces a los establecimientos que están a orillas de la carretera para buscar bebida. 

 

Básicamente los padres de las quinceañeras se emborrachan desde temprano y su interés gira en torno a tener un buen equipo de sonido o bafle grande, conocido como pick up, para poder gozar de un alto sonido y volumen de música durante el día, la noche y si es posible parte del día siguiente. Ocuparse de los asuntos logísticos como la música y la bebida no es malo. Pero el asunto radica en cómo incide esto en el rol de las madres en ese día; creo que todo esto es un desgaste y un sobreesfuerzo que recae sobre las mujeres del hogar. Si bien las mujeres son las encargadas del mantenimiento y cuidado del hogar, también ese día deben encargarse del resto de preparativos que incumben a la quinceañera, el resto de hijos, esposo, y demás asuntos que suponen una gran inversión de tiempo como lo son comida y decoración.  A mi modo de ver las cosas, el trabajo de las madres en una fecha tan importante como esta, es heroico pero al mismo tiempo es injusto, pues son las que menos pueden gozar; antes por el contrario, considero que al cabo del inicio de la fiesta, ya las madres están agotadas. 

 

Algunas de mis amigas anhelan que llegue el día de su cumpleaños número quince porque esto supone el inicio formal del establecimiento de relaciones de pareja. Mis compañeras están muy concentradas en poder tener novios, para la mayoría de ellas es más importante estar comprometidas con alguien, que pensar o buscar la manera de poder continuar los estudios universitarios y establecer un plan de vida desde la academia o en otro tipo de roles u ocupaciones. 

 

El sentimiento de Ámely

—¿A dónde te diriges?

 

—Voy a casa de mis abuelos.

 

—¿Te puedo ayudar con la mochila?

 

—No es necesario, yo puedo cargarla sin ayuda. 

 

—Pero si se ve muy pesada, Ámely. Yo sé que puedes, solo quiero que llevemos entre los dos la carga para hacerla más equilibrada. 

 

—Está bien, Camilo, me gusta esa idea de que las cosas puedan ser repartidas de forma equilibrada. 

Siento vergüenza de mirar a Camilo a los ojos y encima de todo tengo las manos frías y sudorosas, quiero que este momento pase rápido, pero a la vez quiero que dure más de lo que va a durar. 

 

—Oye, Ámely, me inquieta mucho el porqué casi no te veo salir de tu casa.

 

—Las razones son varías. 

 

—¿Me podrías comentar; claro si no te incomoda?

 

—Verás, Camilo, tiene que ver con el hecho de que mi abuelo es muy estricto y siempre le anda diciendo a mi madre y a mi abuela que las mujeres no deben estar saliendo de la casa, a menos que 

sea asuntos de la escuela. 

 

—Ah, lo siento.

 

—No te preocupes. Sabes, aunque no comparto la visión de mi abuelo, la otra razón por la que salgo poco de casa es porque no me siento segura.

 

—¿Te han hecho algo malo en este pueblo?

 

—No. No me siento segura de cómo podría actuar ante los comentarios machistas que la gente te dice. Me incomoda que me critiquen y digan que soy novia de un hombre si me ven cruzando palabra con él, o que, si me ven hablando mucho con una mujer, entonces es porque ya estoy enamorada de ella.

 

—Claro, suena terrible. 

 

—Pero no solo es eso, cuando sales a la calle, también por ser mujer, te dicen lo que deberías estudiar, cómo debes vestirte, los juegos que te quedan bien y cosas así.

 

—¿Entonces no quieres a este pueblo?

 

—Sí, lo quiero, me siento muy orgullosa de esta tierra porque aquí nací y poner mi mirada hacia el horizonte me llena de paz. Pero no me quiero quedar aquí, porque me entristece la forma como nos tratan. Además, sueño con viajar y poder ser libre. 

 

—¿En serio? Hablando de viajes. Quiero contarte que me voy.

 

—¿A dónde te irás?

 

—Tengo una tía que se va a trabajar con sus patrones a Querétaro, es una ciudad cerca de la capital de México. Ella no tiene hijos, entonces para no estar sola allá, quiere que yo vaya con ella. A mi madre y a mí se nos ha ocurrido que debo ir a vivir con ella para hacerle compañía. Si me voy terminaré el colegio allá y podré tener acceso a la universidad, pues los patrones de mi tía correrán con esos gastos. Confieso que me atemoriza un poco dejar a mi mamá sola, pero aquí tengo pocas oportunidades. ¡Mira! Allí se ve la casa de tus abuelos, Ámely. Fue un gusto acompañarte y hablar contigo. 

 

—¿Cuándo te vas?

 

—Viajaré en quince días, en cuanto terminen las vacaciones. Adiós, Ámely. 

 

—¡Camilo! Espera.

 

—¿Dime?

 

—¿Te puedo volver a ver antes de que te vayas?

 

—Sí, claro. Yo te aviso, cuídate. 

 

—Gracias. Adiós. 

 

Enterarme de que Camilo se irá, es algo que me pone nostálgica, porque no me puedo mentir, siento cosas por él y son cosas bonitas; se me retuerce el estómago cuando lo veo y si pienso en él me siento muy feliz, se me colorea el rato. Pero creo que es lo mejor que le puede pasar a él y a su familia. 

 

—Hola, abuela.

—¡Hija! ¡Qué bueno verte, ya casi no vienes!

 

—He estado ayudando a mamá con los quehaceres de la casa, ya sabes que casi no me gusta cocinar y esas cosas, pero debo ayudar. 

 

—Pero si a las mujeres nos corresponde el asunto de la cocina y de la casa hija. ¿Cómo dices eso?

 

—Las cosas han cambiado abuela, ya no es tan así. Por eso quiero estudiar, para estar siempre en la cocina y permitirle a mi mamá que descanse. 

 

—Ay hija, ustedes los jóvenes piensan unas cosas. Yo deseo que te consigas un buen hombre, que te pueda mantener y que cubra todas tus necesidades. 

 

—¡Abuela! Yo no pienso esas cosas.

 

—¿Y entonces?

 

—O sea, sí quiero estar rodeada de buenas personas. Pero quiero ser independiente, poder decidir sobre mi vida y hacer cosas por mí. Las mujeres somos inteligentes y capaces. Podemos crear empresas, administrar, liderar, todo lo que queramos hacer lo podemos hacer; así como los hombres lo han logrado, nosotras también podemos. 

 

Día soñado

No me siento nada cómoda con este vestido, es muy esponjado y ajustado. Este color rosa pastel me gusta, pero hubiera preferido usar un color azul rey. Sin embargo, debo agradecer a mi madre y a mi abuela que me lo diseñaron en tan poco tiempo.  Debo decir que las personas aún siguen estereotipando la forma como nos debemos vestir en las fiestas; hoy no fue la excepción: la decoración es rosa y el vestido de Mariana es morado con zapatos de tacón a pesar de que su color preferido es el negro y que a ella no le agrada ese estilo de calzado. Llegó el día soñado por Mariana y por su familia, bueno y para muchos en el pueblo. 

 

—¡Señoras y señores por un suceso inesperado se suspende la fiesta!

 

Mmmm para que esta familia tomara esta decisión, algo grave ha de haber pasado.

 

—Ámely, nos tenemos que ir.

 

—¿Qué ocurre, mamá, por qué se acabó este quinceañero si apenas iba a empezar?

 

—Camino a casa te cuento. Ahora vámonos porque debemos dejar que esta familia asimile la situación.

 

—Está bien, mamá, como tú digas. 

Comentarios van, comentarios vienen

 

Hoy es lunes y a pesar de ser un día normal, aquí en la escuela parece un día cultural. Esto es porque la gente va de salón en salón averiguando el chisme de lo que pasó con Mariana el día de su cumpleaños.  

—Hola, Ámely.

 

—Hola, Lucía.

 

—No pude hablar contigo en casa de Mariana porque vi cuando tu mamá y tú se marcharon prontamente de la fiesta.

 

—Así es, Lucía. Mi mamá y yo preferimos marcharnos. A estas alturas no sabemos dónde está Mariana.

 

—Estás mal enterada, Ámely. Ya todo el mundo sabe.

—¿Y dónde está?

 

—En casa de Franco.

 

—¿Cómo? 

 

—Así es, Amely. Mariana decidió irse a vivir con Franco, están en la casa de los padres de él. 

 

—¿Pero por qué el día de su cumpleaños, por qué con Franco? Nunca imaginé que ella tomaría esa decisión. ¿Acaso en la carta que dejó no decía que se iba lejos a rehacer su vida? 

 

—Sí, eso decía.

 

—Bueno ojalá logre ser muy feliz. Nunca me enteré de que Mariana tenía una relación con Franco.

 

—Creo que ella nunca dijo nada porque sentía miedo de que su papá no aceptara eso y la maltratara como lo hace con su mamá. 

 

—Comprendo. Sí, pudo haber sido por eso. 

 

—Te hablo luego, Ámely, debo entrar a clase de matemáticas. Y si no llego a tiempo entonces tendré que hacerme en grupo con los hombres del salón y eso no me gusta.

 

—Vale, Lucía, te veo luego. 

 

Analizando la situación, era de esperarse que Mariana tomara esta decisión. Tal vez se cansó de no poder ser escuchada por su padre. Su mamá tampoco ha podido contar con mucha libertad en los últimos años. Todas las decisiones las asume su padre, pues es quien trabaja por fuera y provee el sustento; hasta infunde miedo en su hogar. Lo que nunca imaginé es que decidiera escapar con Franco. Tengo entendido que a él le gusta maltratar a sus novias siempre que se emborracha y por sus ideas machistas y poco convencionales, no sé si sea la pareja que pueda ayudar a Mariana a tener una vida amparada en la equidad y justicia. Supongo que el miedo y la angustia no son buenos consejeros; no siempre nos ayudan a tener claridad en nuestras elecciones

 

Géneros en controversia

 

Creo que voy un poco tarde para la escuela. Me retrasé, porque me quedé reflexionando en el camino sobre lo que pasó con Mariana. Ya hace ocho días que se fue a vivir con Franco y la gente del pueblo no para de comentar sobre su decisión. Ahora no puede venir a la escuela, porque su pareja le dice que su lugar está en casa, ayudando en los quehaceres y que no es necesario que regrese al colegio. Me parece muy triste que su sueño de seguir estudiando y poder ser una enfermera se quede truncado.

 

—Hola, Ámely.

 

—Hola, Lucía. ¿Por qué tienes esa cara? ¿Sucede algo?

 

—Sí, me siento un poco triste. Desde que llegué, algunos compañeros del salón han estado burlándose de mí y de mi mamá porque el sábado decidimos ir al establecimiento donde está el juego de billar.

 

—¿Pero por qué se burlan?

 

—Porque ellos dicen que somos unas indecentes e inmorales, que esos sitios no son para las mujeres. 

 

—Pero no te sientas mal por eso, Lucía, tu mamá y tú son libres de ir a cualquier lugar donde se sientan bien.

 

—Así es, pero mi abuelo no entiende eso y está bastante molesto con mi mamá.

 

—Tranquila, Lucía, ya pasará.

 

No deberían señalarnos o crear juicios de nosotras las mujeres por recorrer sitios que los hombres ya han caminado. Las mujeres también tenemos derecho a ser libres y escoger con autonomía el espacio que nos guste o nos haga sentir bien. 

 

La despedida

—Hola, Camilo.

 

—Hola, Ámely. Gracias por permitir despedirme de ti

 

—Gracias a ti, Camilo. ¿Cuándo viajas?

 

—Mañana a primera hora saldremos a la ciudad, para tomar un bus que va directo a la capital. Allá nos quedaremos dos días y de allí tomaremos el vuelo directo a Ciudad de México y de allí está cerca nuestro destino. 

 

—Me alegra mucho que puedas viajar y que te proyectes a estudiar.

 

—Gracias, Ámely. Para mí es muy importante este momento, porque quiero decirte algo desde hace tiempo…. pero no me atrevía a hacerlo, pues no sentía la confianza. 

 

—Sí, cuéntame.

 

—Eres la chica a la que más he admirado en este pueblo, tienes muchas cualidades que te hacen ser especial y deseo que te vaya muy bien, que puedas alcanzar todos tus sueños, el de viajar, de aprender muchas cosas. 

 

—Gracias, Camilo, gracias por tus palabras. Debo admitir que también te admiro mucho y que deseo lo mejor para ti. Tengo la plena certeza de que algún día, en algún lugar del mundo nos veremos. 

 

—Cuídate, Ámely, nunca renuncies.

 

—Tú también cuídate, Camilo. Tampoco renuncies. 

 

—Adiós. 

 

—Adiós. 

 

Mirada hacia el futuro

 

Debo confesar que al despedirme de Camilo tuve sentimientos encontrados. Y lo extrañaré porque logré entablar con él una bonita relación de amistad. Pero pienso que lo mejor que le pudo pasar, fue irse. Aunque eso implique que algunas personas lo vamos a extrañar. La libertad se viste de sueños; cada persona tiene sueños en particular. Para nosotras las mujeres alcanzarlos, a veces es más difícil, porque en el contexto, se piensa que las mujeres deben dedicarse al cuidado de casa; sin embargo, yo no lo pienso así. Yo creo que cada persona, hombre o mujer, tiene un sueño en particular. Para algunos o algunas es quedarse en casa, para otros profesionalizarse, para otros conocer otros lugares, pero independientemente de lo que sea, cada sueño debe ser respetado. Las mujeres necesitamos apoyo para escoger sin temores ni limitaciones. Merecemos elegir desde nuestra perspectiva y punto de vista.

 

Fin.

Comentarios

Aún no hay comentarios. ¿Por qué no comienzas el debate?

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *