De Planeta para el planeta

De Planeta para el planeta

Por Abel Mejía Osorio

 

Mi nombre es Abel Mejía Osorio, tengo 25 años y soy un joven de Colombia.

Actualmente vivo en Montería, Córdoba. Pero soy de un pueblo muy pequeño llamado Planeta Rica.

 

Hoy quiero contarles un poco de mi historia, de cómo pasé de sentirme perdido a descubrir mi propósito.

 

Todo comenzó en 2020, en plena pandemia. En ese momento me veía como un joven sin rumbo, sin tener muy claro qué quería hacer ni hacia dónde quería ir. Lo único que sí sabía era que quería hacer algo que tuviera sentido, algo que marcara una diferencia y dejara huella.

 

Durante esos meses de encierro empecé una búsqueda interna. Me di cuenta de que tenía algunas habilidades, pero no sabía cómo usarlas ni quién podría verme o escucharme desde casa.

 

Fue en 2022 cuando conocí a Tearfund y su Red de Jóvenes. Ese fue un momento crucial en mi vida, allí encontré un espacio donde podía explotar mis capacidades, compartir ideas y aprender de otros jóvenes que también querían transformar sus comunidades. En esos encuentros me sentí inspirado y acompañado. Empecé a creer que sí podía hacer algo, por pequeño que fuera, para generar un cambio real.

 

Así que comencé con pequeñas acciones dentro de mi comunidad de fe. Y poco a poco, esas acciones fueron creciendo. En mi ciudad, Montería (Córdoba), había un problema evidente con la gestión de los residuos: los rellenos sanitarios estaban desbordados. En lugar de quedarnos solo en la queja, con un grupo de jóvenes decidimos buscar una solución.

 

Fue así como nació el proyecto “Creación Consciente”. La idea era sencilla pero poderosa: aprovechar los residuos orgánicos de las casas de los miembros de nuestra comunidad para elaborar compost, reduciendo la cantidad de basura y ayudando al mismo tiempo a las familias que quisieran sumarse. También empezamos a promover el reciclaje y a reducir el uso de plásticos.

 

Lo que empezó como una iniciativa local terminó siendo algo que inspiró a muchas más personas.

 

Gracias a este proceso tuve la oportunidad de viajar a distintas ciudades y pueblos de Colombia, compartiendo nuestra experiencia e invitando a otras comunidades de fe a unirse al cambio. Eso fortaleció mi liderazgo y mi compromiso con el medio ambiente.

 

En 2024, gracias a este camino, fui invitado a participar en la zona azul de la COP16 de Biodiversidad, en Cali, un espacio donde comprendí que lo que estábamos haciendo a nivel local también tenía un impacto global. Ese mismo año, viajé a Uveros, San Juan de Urabá (Antioquia), donde trabajamos con la comunidad en la reducción del uso de plásticos.

 

Organizamos jornadas de sensibilización y acción, y poco a poco empezamos a ver cómo el lugar cambiaba su relación con el entorno.

 

Hoy, al mirar atrás, me doy cuenta de que aquella búsqueda que empezó en 2020 me llevó a descubrir mi verdadera pasión: ser un defensor ambiental y motivar a otros jóvenes a creer que sí es posible cambiar las cosas, incluso desde los pequeños espacios.

 

Porque al final, los grandes cambios comienzan con pasos pequeños y con la decisión de no quedarse quieto.

 

1. ¿Qué significó para ti participar en la COP30 en Belém?

 

Para mí, participar en la COP30 no empezó el día en que llegué, sino desde el momento en que supe que haría parte de la delegación. Desde ese instante, las emociones comenzaron a aparecer: felicidad, entusiasmo, pero también miedo. Aunque ya contaba con la experiencia de haber sido parte de la delegación en la COP16 en Cali, Colombia, esta nueva oportunidad no dejaba de representar un reto. Saber que estaría presente en uno de los eventos más importantes del mundo fue, sin duda, algo increíble.

 

Al llegar, lo primero que vino a mi mente fue el camino recorrido para estar allí. Pensé en todas esas acciones pequeñas que realicé sin imaginar que algún día tendrían un impacto tan grande. Esas decisiones, esos esfuerzos y aprendizajes, fueron los que finalmente me llevaron a ese espacio. Junto a esos pensamientos, sentí un fuerte compromiso: el deseo de trabajar bien y hacer una representación responsable y significativa.

 

Ser parte de la delegación latinoamericana y representar a la Red de Jóvenes de Tearfund tuvo un valor especial para mí. No solo por el honor que implica, sino por la responsabilidad que conlleva. Entendí que no me representaba únicamente a mí, sino a toda una red de jóvenes que creen en la justicia climática y trabajan día a día desde sus territorios. Esa responsabilidad se transformó en una fuente de inspiración para dar lo mejor de mí.

 

Incluso desde el primer momento, mi visión sobre el tema ambiental comenzó a cambiar. Estar allí me permitió comprender que no estaba solo en esta lucha. Ver a tantas personas comprometidas con la justicia climática reforzó mis ganas de seguir participando en estos espacios, entendiendo que es a gran escala donde también se puede visibilizar el valor de las pequeñas acciones que nacen en la comunidad de fe y en el contexto local, pero que tienen el potencial de transformar realidades.

 

3. Momentos y aprendizajes clave

 

Durante la COP30 hubo varios momentos que me marcaron, especialmente los talleres y espacios de diálogo donde pude conversar con jóvenes y líderes de diferentes países tanto en la zona azul, como en la zona verde. Más allá de las agendas y los eventos formales, lo que realmente me impactó fueron las conversaciones sinceras. Escuchar a personas que ya viven los efectos de la crisis climática en sus territorios me ayudó a entender que esto no es algo lejano, sino una realidad que ya está pasando.

 

Las personas y comunidades que conocí fueron una gran inspiración. Ver a jóvenes, especialmente de América Latina, tan comprometidos con el cuidado del planeta y la justicia climática, me recordó que el cambio no solo viene desde los gobiernos, sino también desde las comunidades, la fe y el trabajo colectivo. Estas historias me dejaron claro que, incluso en contextos difíciles, hay esperanza y ganas de transformar la realidad.

 

En estos espacios también aprendí a ver la crisis climática desde una perspectiva más amplia. Entendí que no es solo un tema ambiental, sino algo que afecta directamente la vida de las personas, la justicia social y la dignidad humana. Como joven, líder y miembro de iglesia, entendí que mi rol es ser un puente, llevando lo que pasa en lo local a lo global y mostrar que las pequeñas acciones que nacen en nuestras comunidades sí tienen valor.

 

La COP30 me dejó un mensaje muy claro: la fe y la acción van de la mano. Cuidar la creación no es opcional, es parte de nuestro llamado, es nuestra responsabilidad. Salí con más conciencia, más motivación y con muchas ganas de seguir participando en estos espacios, sabiendo que lo que hacemos, por pequeño que parezca, realmente importa.

 

3. Un mensaje desde tu fe

 

Estar en ese espacio me recordó que creer y servir a Dios no es solo algo personal, sino una forma de vivir y actuar en el mundo. Cada conversación, cada historia y cada realidad que escuché reforzaron en mí la idea de que la fe también se demuestra cuando decidimos cuidar la vida, la dignidad de las personas y la creación que Dios nos confió.

 

Durante esta experiencia me acompañó la convicción de que “la tierra es del Señor y todo lo que hay en ella” (Salmo 24:1). Ese versículo me ayudó a entender que no somos dueños de la creación, sino responsables de cuidarla. Cuidar el planeta no es una moda ni una agenda externa, es una expresión concreta de amor, obediencia, responsabilidad y justicia, especialmente hacia quienes más sufren las consecuencias de la crisis climática.

 

Hoy entiendo el llamado de Dios a cuidar la creación como una misión activa. No se trata solo de hablar del problema, sino de tomar decisiones, promover cambios y acompañar procesos desde nuestras comunidades de fe. Como joven cristiano, siento que Dios nos llama a ser parte de la solución, a levantar la voz con esperanza y a demostrar, con acciones reales, que la fe y el cuidado de la creación van siempre de la mano.

 

4. Realidades y desafíos para tu comunidad

 

Lo que viví en Belém do Pará se relaciona mucho con la realidad de Montería. Ambas ciudades están profundamente conectadas con la naturaleza: ríos, biodiversidad y comunidades que dependen directamente de estos ecosistemas para vivir. En Belém vi cómo el impacto de la crisis climática ya es evidente en el territorio, especialmente en las comunidades más vulnerables, y eso me recordó a lo que pasa en Montería con el río Sinú, las inundaciones, las olas de calor y la forma en que muchas veces el desarrollo no va de la mano con el cuidado ambiental.

 

Uno de los principales desafíos que identifiqué es que, tanto en Belém como en Montería, las consecuencias del cambio climático afectan más fuerte a quienes menos responsabilidad tienen en causarlo. Sin embargo, también vi grandes oportunidades. En Belém conocí procesos comunitarios y juveniles que demuestran que, cuando hay organización, conciencia y trabajo colectivo, sí se pueden generar cambios. Eso me hizo pensar que en Montería y en nuestras iglesias hay un enorme potencial para fortalecer la educación ambiental, el cuidado del territorio y la acción desde la fe.

 

El mensaje que quiero llevar de regreso a mi comunidad y a mi iglesia es claro: no podemos seguir desconectados de lo que pasa en el mundo. La crisis climática no es algo lejano, también se vive en nuestro territorio. Pero, así como existen desafíos, también hay esperanza. Desde lo local, desde la fe y desde las pequeñas acciones, podemos ser parte de la solución. Cuidar la creación es una responsabilidad compartida y una oportunidad para transformar nuestra forma de vivir, creer y actuar.

 

5. Llamado a la acción

 

Después de esta experiencia, creo que como iglesias, jóvenes y comunidades necesitamos pasar de la conversación a la acción. Es clave que dejemos de ver el cuidado de la creación como un tema secundario y lo asumamos como parte de nuestra fe y de nuestra responsabilidad social. Desde las iglesias podemos formar conciencia, promover prácticas sostenibles y acompañar a las comunidades más afectadas; como jóvenes, organizarnos, alzar la voz y seguir ocupando espacios donde se toman decisiones; y como nación, exigir políticas que protejan el territorio y pongan la vida en el centro.

 

A nivel personal, asumo el compromiso de seguir siendo un puente entre lo local y lo global. Quiero continuar fortaleciendo las acciones ambientales en mi comunidad de fe, compartir lo aprendido y motivar a otros jóvenes a involucrarse. Después de la COP30, tengo claro que no basta con creer, también hay que actuar. Cuidar la creación es una tarea diaria y colectiva, y yo decido seguir caminando en esa dirección.

 

6. Cierre inspirador

 

Me voy de esta experiencia con un corazón agradecido y con la certeza de que Dios sigue llamándonos a cuidar lo que creó con amor. “Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera” (Génesis 1:31). Cuidar la creación es honrar ese “muy bueno” de Dios y asumir, con responsabilidad y esperanza, el papel que nos corresponde en este tiempo.

 

También recuerdo que nuestra edad no limita nuestro impacto. “Que nadie tenga en poco tu juventud; al contrario, sé ejemplo” (1 Timoteo 4:12). Como jóvenes, somos llamados a ser ejemplo en nuestra forma de vivir, creer y actuar frente a la crisis climática. Con fe, compromiso y acción, seguimos caminando por la justicia climática, confiando en que cada paso cuenta y que Dios sigue obrando a través de quienes deciden cuidar su creación.

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