APRENDÍ A IMAGINAR DEMASIADO PRONTO

APRENDÍ A IMAGINAR DEMASIADO PRONTO

Por Kliman Josué Cárdenas Morelo

 

No era un niño raro, era un niño profundamente imaginativo en un lugar que no siempre lo entendían.

 

Hasta ahora comprendo esas palabras. Me gusta escribir, leer de todo y, sobre todo, imaginar historias, casi siempre de fantasía, donde soy el protagonista y puedo moldearlo todo a mi favor. Pero esto no nació ahora. Nació de un niño inseguro de su condición, de su físico, de sus múltiples problemas; un niño que, aunque reía y jugaba, utilizaba su mente como el único lugar donde podía desconectarse de todo y aún lo sigue haciendo.

 

Uno de los recuerdos que más repite mi mamá es de cuando me fracturé el brazo. Tendría unos tres años. Acababa de ver Spiderman y quería ser como él. Con mi primo empezamos a saltar de cama en cama, creyéndonos superhéroes. En una de esas, yo no salté, yo volé o eso creía. Me choqué contra el supuesto Doctor Octopus que mi mente había puesto en el cuarto, caí mal y me fracturé. Duré meses con el brazo inmovilizado. Allí, sin darme cuenta, mi imaginación dejó de interpretar la realidad y empezó a vivirla.

 

Recuerdo también que, en el colegio, cuando estaba en descanso, los útiles escolares dejaban de ser útiles. El lapicero era un guerrero con casco; el borrador, un vehículo blindado; el robot del sacapuntas era el villano y cuando el lápiz se unía con el sacapuntas, no se estaba afilando: se estaba transformando en un arma nueva.

 

Qué recuerdos tristes. Un amigo, solo un amigo en la escuela, y cuando se iba a jugar con otros yo me quedaba con mi mente. Mi entorno lo fui reinterpretando por el miedo a relacionarme. Yo no hacía tareas, yo libraba batallas.

 

Mucho después, como a los trece o catorce años, la imaginación seguía igual de viva, pero ahora mezclada con la adrenalina. Vivía en casa de la abuela y la calle estaba en construcción. Con mi primo, mi hermano y otros loquitos, nos trepábamos en árboles, corríamos al monte, nos tirábamos desde tractores a montañas de arena como si fuéramos superhéroes. Seis metros de altura y nosotros creyendo que podíamos volar. ¡Pobres rodillas mías por creerme invencible! No era solo juego: era la forma que encontré para no pensar en la separación de mis padres. Fue una época bella donde mi imaginación empezó a curar cosas que yo no entendía.

 

Pero si me voy más atrás, a cuando tenía cuatro o cinco años, recuerdo algo que todavía me eriza la piel: la luna me perseguía. Yo corría por el parque dando vueltas a la manzana, saltando de banca en banca, de rama en rama, de reja en reja, intentando dejarla atrás. Pero ella siempre estaba ahí. Y lejos de asustarme, eso me llenaba de euforia. Porque sabía que en la noche empezaríamos de nuevo. Sentía que había algo mágico conmigo, algo que solo yo veía.

 

En las casas donde viví mi niñez había un lugar que yo convertía en fuerte. En el patio, unas matas de plátano que tapaban la esquina eran suficiente. Llevaba una mesa, la acomodaba, y eso ya era mi casa. Los grillos eran el enemigo que quería invadir. Las hormigas, mi ejército fiel que conocía el terreno. Y los gusanos, esos eran gigantes que gobernaban bajo tierra. Las batallas eran épicas. Yo no hacía eso por jugar: lo hacía porque allí me sentía seguro.

 

Cuando me mudaba, construía otra. En el monte, en el parque, en cualquier palo mal parqueado. Clavos, tablas, alambres: lo que hubiera. No recuerdo con claridad las historias, pero sé que debieron ser mágicas, porque yo podía pasar horas ahí sin sentir el tiempo. Cada casa nueva era una forma de volver a empezar por dentro.

 

También tuvimos una cerda. Hermosa, lampiña y grandota. Yo me le subía encima, le agarraba las orejas y la convertía en mi bestia de guerra. La llevaba a mis aventuras como un gladiador. Los golpetazos que me daba y los regaños de mi mamá no me importaban. Yo quería quedarme allí, en ese mundo que mi mente construía, aunque tuviera consecuencias. Porque ese mundo me hacía sentir más fuerte de lo que me sentía en la vida real.

 

Hubo una época donde el miedo se metió en mis juegos. Veía películas de terror y no podía dormir. Chucky, el Creeper, las historias que contaba mi papá. ¿Y sabes cómo lo enfrentaba? Me iba al pajar, al monte, al sol, y corría sintiéndome perseguido por brujas y demonios imaginarios. Mi locura se mezclaba con el terror, y de alguna forma aprendí a convertir el miedo en historia para que dejara de asustarme.

 

Y entre todos esos recuerdos, siempre estaban los juegos típicos de mi tierra: el trompo, la bolita de cristal, el barrilete. Jugaba, reía, me ensuciaba, pero cuando todo terminaba, sentía un vacío extraño en el pecho. Una soledad que solo se calmaba cuando me iba a pensar en la nada. Pero la nada era oscura y aburrida… hasta que aprendí a llenarla con imaginación.

 

Hoy entiendo todo. Fue una infancia distinta a la de muchos otros niños de Montería, y sé que puede que uno que otro la haya vivido así, una Montería con lugares llenos de magia, de mundos inexplorados y de vivencias fantasiosas. Entiendo por qué me gusta escribir historias, por qué la ducha es el lugar donde más temporadas he creado, por qué puedo pasar horas imaginando mundos con geografía propia, criaturas, razas y mapas enteros.

 

Yo no aprendí a imaginar leyendo libros.

 

Antes de saber leer, ya sabía imaginar.

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